Maldito viento de levante. Te veo a través de las cortinas, soplando impasible, tras estos ventanales que me separan de ahí afuera. Llegas para llevarte todo lo que tengo, para dejarme sola; y, entre un dolor y otro, puedo trasladar mi pensamiento al instante preciso en que se hundió nuestra barca, y todo era agua, llanto, desesperación.
Pero no sabes que mientras dos cuerdas ayudan a bajar a Daniel hasta el agujero que le espera eternamente, otras dos manos extraen de mis entrañas una parte de él que no has podido arrebatarme.
Ya está llorando. Ahora lo tengo entre mis brazos. Se llamará Daniel, no cabe la duda; tiene sus ojos.