miércoles, 17 de septiembre de 2008

La III.

El comandante en jefe de los unos, el general Romotov, repasó su armamento:

            -Las incontenibles oleadas de tanques rusos, situados en filas separadas cien metros cada una de la siguiente, pletóricos de obuses, ametralladoras y gasolina.

            -Los blindados, que rellenarían los posibles huecos dejados entre los flancos al comenzar una maniobra envolvente prevista.

            -Los helicópteros Tratakar, preparados para volar como un enjambre y sembrar de bombas incendiarias la artillería enemiga.

 

Enfrente, el jefe supremo de los otros, el general Percival Belford, hacía lo propio:

            -Toneladas de morteros Lacked dispuestos para ser lanzados contra cualquier ataque de blindados.

            -Miles de bazookas listos para hacer volar a los tanques.

            -Carros orugas antiaéreos con capacidad para derribar cualquier pájaro de hierro que se acercara.

 

            La batalla comenzaría a las diez de la mañana, la hora prevista para que la niebla  se levantara.

            Los dos generales, a las diez y media, se sincronizaron: Cada uno veía la imagen del otro mirándole con unos prismáticos de gran alcance. Sin apartarse un milímetro, se insultaron, reconocieron las palabras y se mandaron al diablo.

            A las cuatro de la tarde, seguían estando solos en el campo de batalla. Ni un solo soldado acudió a manejar las armas.

            Hartos de esperar, dejaron los arsenales abandonados en la explanada. De eso hace quince, tal vez veinte años y allí siguen, hechos un montón de chatarra. Más de una vez hemos tenido que andar con ojo, no sea que los chiquillos se acerquen a alguna de las bombas. 

6 comentarios:

Loli dijo...

Me parece fantástico, Gabriel. Quizás los demás no lo saben pero esta idea surgió ayer (bueno le surgió a Gabriel) en el transcurso de una conversación y como él es tan absolutamente eficaz lo ha convertido en un relato directo y certero que resume perfectamente lo absurdo de los bandos opuestos, de la lucha sin sentido y las consecuencias que algo así puede dejar en nuestro interior.

lorenzo dijo...

Qué chulo el relato, Gabriel. Y qué esperanzador. Dos mandamases solos, sin nadie que les siga en su lucha armada. Por no haber sido capaces, simplemente, de mirar atrás. Aprendiendo de lo absurdo de las batallas "por cojones". Qué listos los soldados, qué listos.

Isa dijo...

Qué bueno, Gabriel. Así tendrían que acabar todas las batallas: con los dos adversarios mirándose de lejos con los prismáticos. ¿Te imaginas la escena? A lo mejor si hubieran tenido la posibilidad de mirarse con esos grandes prismáticos a sí mismos, hubieran corrido a refugiarse en el otro y ambos a salvo.

Anónimo dijo...

¡qué notición!:

"DEJAN DE MATARSE POR FALTA DE GANAS DE LOS CONTENDIENTES. fINALIZA LA CONTIENDA ANTES DE INICIARSE. eL SER HUMANO ENCUENTRA LA CORDURA"

beli dijo...

toc-toc...
que el anónimo soy yo.
Besitos, besotes y una caja de palotes

Gabriel dijo...

Gracias a todos. Me gusta la primera página que anónimo dedicaría a la noticia. Bienvenido.