domingo, 14 de septiembre de 2008

INVESTIGACIÓN LINGÜÍSTICA.

Don Antonio Cloro -académico insigne de la Real de la Lengua- nos hace, en  una entrevista informal, un pequeño pero detallado informe de los últimos logros, descubrimientos o aportaciones a nuestro idioma en la última parte del siglo XX.              

 

El tiempo verbal “Presente histérico de funcionalidad”.

Cuando dices, “pagas” a tu amigo en el bar, o “pelas” a tu mujer que tiene la fruta en la mano, aportas un tiempo que implica orden y ejecución al mismo tiempo. Todo ello a menos que te tiren algo a la cara.

 

La conjunción de los astros.

El cielo Y las estrellas Y los planetas Y los asteroides Y las porquerías que sobran de la NASA. Y así. Este pandereteo de las cosas volando fuera de nuestra Tierra se merecen una conjunción mayusculosa. Es de ley & así lo hago constar.

 

El aciento.

Se pone una marquita pequeña en el texto (un asterisquillo *, un corazoncito o algo discreto, tal que así: ø), cada vez que se llega al centenar de tildes en un escrito. De este modo, tienes después una facilidad grande a la hora de contarlas.

 

La sinflexia o simbombiglia italiana.

Es una figura retórica que aparece en los textos escritos sin luz eléctrica, casi a oscuras. Se usa siempre que el detective de una novela negra tiene que lidiar en la noche con un asunto de dinero negro. La sinflexia como recurso literario no puede ni debe arrojar luz alguna sobre el caso.

 

El endeblecasílabo.

Es un verso que tiende a desmoronarse porque su base no es nada sólida. Ejemplo: “Tantarantantán, que viene el capitán”. Vemos que coinciden la primera y última sílaba del verso, pero nadie advierte que la tropa no está vestida como es debido para recibir a su superior, quitando consistencia al mensaje.

 

El fenomonema.

Partiendo de lo acostumbrados que estamos al desprecio de la palabra escrita, surge como un rayo de energía plena el fenomonema, un palabraso que cuando se pronuncia en bares, cines (antes de la película) o en paradas de autobús, provoca un efecto devastador. Un ejemplo clásico es el de “¿tesquiyapayá?” que sustituye con éxito a la bronca materna cuando el niño llega tarde al colegio. Y, en confianza, de mi suegra cuando son las tres y nos espera para comer, con su variante “¡venirseyapacá!”

 

La provosodia.

Un recurso literario arcaico, pero rescatado por los investigadores. Consiste en hablar sin mover las manos ni parpadear, pero usando palabras de corte vacilón. Cada frase debe contener los siguientes ingredientes:

Dos chulerías,

Una comparación con alguien mejor que quien nos escucha,

Una mirada a izquierda escupiendo por el colmillo, y, lo más importante,

Un empujón cuando nuestro compinche esté agachado detrás de nuestro interlocutor.

 

2 comentarios:

Isa dijo...

Das para mucho, compañero. La Real Academia de la Lengua ni se lo imagina. En serio y en broma, no tienes desperdicio.

Loli dijo...

Usas el lenguaje igual que un malabarista usa las mazas. Carambola tras carambola.